¿Cómo afectan las decisiones de quienes controlan el poder mis intereses individuales y colectivos? Más o menos esa fue la pregunta que VH (uno de los participantes en el grupo virtu@lPOLITIK) invitó a hacernos. La conversación comenzó por el lado de los intereses económicos individuales, que ciertamente son relevantes para definir nuestras posiciones políticas, pero creo que no son más importantes que los valores y la pertenencia a colectivos. En estos dos aspectos se centran los planteamientos que reproduzco aquí (con unos cambios formales mínimos en la redacción):
(…)
Hay aspectos no-económicos que creo relevantes para determinar las posiciones políticas de la gente. Mientras que puedo poner en práctica algunas estrategias personales para superar los efectos negativos de las políticas chavistas en mi situación económica privada, no me resulta fácil construir estrategias para protegerme problemas que son de naturaleza pública y que me afectan como parte de la ciudadanía. Por ejemplo, un tema que a mí me toca muy intensamente es el de la violencia estructural en los espacios públicos.
Hace poco más de una semana, a eso de las 5:30 o 6:00 p.m. viví una de esas situaciones de victimización debido a la violencia estructural en los espacios públicos que son cotidianas para los caraqueños. Iba con mi hijo de 3 años (sentado en el asiento trasero) por la autopista Francisco Fajardo en dirección a mi casa (los caraqueños conocen la cola de la hora y lugar). En cierto momento comencé a respirar el smog, comprobé que el AC estaba reciclando el aire en el vehículo y no tomando aire del exterior. Volteé. Efectivamente, mi hijo había bajado el vidrio de su ventana. Horror. A mi lado ya había visto pasar motorizados con fusiles, algunos con ropa del ejército y otros de civil (como ustedes sabrán que es habitual en la Fajardo a esa hora; aunque yo no sepa que se suponen que hacen esos hombres armados con fusiles en la Fajardo). Siempre siento aprehensión de que empiecen a disparar y nos ganemos una de esas balas El horror ante la ventana de mi hijo abierta no se debía a los motorizados con fusiles, no tengo vidrios blindados, así que poco importa si la ventana está abierta o cerrada, a la hora en que a ellos se les ocurra disparar. El horror en esta ocasión tenía más que ver con los atracos, que también son habituales a esa hora en el tramo de la Fajardo que va de La Planta al Jardín Botánico o de Parque Central a Quinta Crespo, según el sentido; uno se rifa las pertenencias y la vida si baja el vidrio en ese sector (uno ha sido testigo de esos atracos y no necesita los videos que transmite Globovisión para saber que ocurren, justo allí, justo a esa hora). Sé que los hombres con fusiles no están allí para defendernos. Mi hijo se reía de mi mandato de subir la ventana y me empezaba a desesperar. De repente, decidió subir el vidrio. Me relajé y volví a concentrar mi mirada hacia delante (no más manejar de perfil, en un esfuerzo por no perder de vista el carro de adelante y de que mi hijo viera mi cara seria, mientras le mandaba que subiera el vidrio). Al mirar hacia delante, vi al hombre alto, flaco y desarrapado, inclinarse hacia la ventana de un carro unos metros delante de mí, en el canal de al lado. Pasó justo delante de mí, con una bolsa plástica que obtuvo de ese carro y se metió hacia el Guaire, donde están los ranchos más miserables que se pueden concebir.
En síntesis, el chavismo vulnera mis intereses cuando me obliga a vivir en estas condiciones de violencia estructural: miseria extrema, criminalidad sin control, bandas armadas, vías colapsadas, contaminación ambiental. El chavismo no hace nada para defender mis intereses como parte del colectivo de los usuarios de la autopista Francisco Fajardo. Y la función social que debe cumplir el gobierno es atender este tipo de intereses colectivos; es a cambio de eso que delegamos en ellos el ejercicio del poder político (al menos idealmente).
Pero, más allá de estos problemas objetivos que me ponen en conflicto de intereses con el chavismo, mi oposición al chavismo tiene base en valores; para mí la violencia simbólica y la cultura militarista que representa el chavismo es una agresión constante que limita mi libertad, mis derechos ciudadanos y mi calidad de vida. Es para mí una necesidad vital buscar vías para la defensa colectiva frente a esa violencia simbólica y esa cultura militarista del chavismo, así como tratar de pensar alternativas a la situación de violencia estructural que sufrimos todos.
Aquí volvemos al tema del artículo 337 y de la doctrina militar bolivariana presente en la reforma constitucional. ¿Cómo esto afecta mis intereses? Los afecta directamente puesto que mi oposición a la cultura militarista del chavismo me coloca dentro del conglomerado de individuos que pueden ser considerados parte del “enemigo interno” al cual estarían dirigidos los mecanismos represivos que están tratando de ser constitucionalizados con esta reforma. De hecho, formo parte de un colectivo que ha sido identificado por funcionarios del gobierno como “enemigos de la revolución” o “basura”: el colectivo de los profesores de las universidades nacionales. Asimismo, la mayor parte de mis amigos pertenecen a este o a otros tres colectivos que también han sido identificados como potenciales enemigos internos: los periodistas, los activistas de las organizaciones de derechos humamos y los estudiantes universitarios.
Siendo transparentes, podemos decir, que defiendo mis intereses y los intereses de mis grupos de afiliación cuando me opongo a la constitucionalización del militarismo chavista.
Ejerzo mi derecho a la defensa, mientras puedo.
De la serie realizada por José Arocha. (Licencia CC: Atribución, compartir igual).