No he estado en Caracas en los días en los cuáles la oposición ha hecho sus grandes concentraciones durante esta campaña. Así que no sé si lo que vi hoy en el Metro había pasado antes. Nadie me lo había comentado. Entré en la estación Zoológico pasadas las 11 de la mañana. Tenía entendido que los actos del cierre de campaña de Rosales comenzaban a las 9 a.m.; pero yo sólo madrugo por obligación, así que me levanté a las 8:30, revisé mi correo, desayuné con calma, conversé con la familia y me di un baño rico. En Zoológico se veía gente que evidentemente iba a la concentración. Más gente en Mamera. Ya en La Paz parecía que al menos medio Metro iba a la concentración. Yo no iba vestida con nada que pudiese identificarme como militante de la oposición; no me gusta uniformarme. No voy tan tarde, pensé. Fue en Capuchinos cuando comenzaron a gritar consignas: “Somos del oeste y no somos chavistas”. “No somos 10 millones somos 26”. “Uh, ah, Chávez sí se va”. Cantaban un rato sus consignas, paraban, conversaban, se reían. Yo sólo observaba. A Plaza Venezuela entramos bajo el grito de “Atrévete”. “Atrévete” gritaban cuando bajamos en Chacaito.
Por la avenida José Martí o Principal de Las Mercedes (como vos querais) bajaba un gentío hacia Las Mercedes. Me costó subir a la autopista, porque en ese espacio se concentraban quienes llegaban. Había un remolino porque alguna gente caminaba en dirección Petare (entre quienes me encontraba yo) y mucha más gente caminaba en dirección Plaza Venezuela, tratando de evadir el apretujamiento cercano a la tarima. Logré avanzar y llegar relativamente cerca de la tarima; estuve más o menos a la altura del Centro Lido. Tal como yo esperaba: había un gentío. Me perdonan la imprecisión, pero nunca he dominado ese extraño arte de contar con exactitud el número de personas que asisten a una concentración política. Sólo les digo que había un gentío. También supongo que mañana habrá un gentío en la avenida Bolívar.
Había gaitas. Gran Conquivacoa, Maracaibo 15, Neguito Borjas, Betulio Medina. Nadie bailaba. Esa vaina no era un gaitazo. Había un sol resplandeciente y un calor intenso de mediodía. Nada que ver con el clima templado que se espera en la Caracas decembrina. Un cepillado, por el amor de Dios.
Nada de histeria cuando apareció el candidato, pasada la 1:00 p.m. La gente dejó de caminar. Todo el mundo quieto, mirando hacia a la tarima (aunque muchos sólo veían banderas). Yo (aunque soy enana) logré pararme en un lugar desde donde veía la tarima. Hasta le presté mi privilegiada atalaya a un hombre relativamente alto, que quería tomar fotografías y sólo lograba captar un montón de banderas de Venezuela (unas de 7 estrellas y otras de 8 estrellas) y una bandera de Uruguay.
El discurso fue más bien aburrido. Rosales debe haber tomado cursos de oratoria con Piñerúa; nada como Pérez, como Andrés Velásquez o como Chávez. (Compensó un poco que Rosales acepte que es un mal orador y que recalcara que usaba una chuleta para mantener su discurso en los puntos acordados, no inventar cosas que no había consultado con nadie y que se le ocurrieran en el momento). Yo le estaba poniendo más atención a las reacciones de la gente. Lo más aplaudido (en el sector en el cual yo me encontraba) fue el punto de que la gente quería oportunidades para progresar económicamente y que no querían burusas (recién me entero que algunos chavistas apodan Burusas a Rosales). Otro punto muy aplaudido fue que en su gobierno no se obligaría a nadie a vestirse de ningún color. No muchos aplausos para La Negra, a pesar de que se hacían grupitos en los lugares en donde repartían los calendarios que simulan la fulana tarjeta.
Lo más vistoso fue el mini-helicóptero negro-naranja que hacía las tomas para la televisión. Saludos de banderas en alto para el helicóptero oficialista.
Había signos de una serie extensa de partidos, micro-partidos, grupos comunitarios, asociaciones civiles. Supongo que el premio a la organización más folklórica habría que dárselo a los Hípicos A3vidos. La logística parecía estar en manos de maracuchos: atención de personas desmayadas, sonido, chamos extraviados (sí, hay gente que insiste en llevar chamos a ese tipo de concentraciones). También estaba trabajando mucha gente de Primero Justicia.
Me encontré con un grupo de Cúa. Una señora de Los Teques me contó que había bajado por La Mariposa. La carretera panamericana estaba cerrada en dirección a Caracas. (Sólo horas después, cuando almorzaba en Chacaito me enteré de que también estuvieron cerradas la autopista Guarenas-Petare y la Autopista Regional del Centro; no he oído información referente a la Caracas-La Guaira). Dado el cerco, supongo que, aparte de los maracuchos de la logística, éramos caraqueños casi todos.
Lo que me impresionó de la concentración fue la ecuanimidad de la gente. Ni histeria, ni rabia, ni rumba, ni frivolidad, emociones que parecían dominar en las marchas de la época del paro petrolero. Ni triunfalismo, ni pesadumbre. Sin que el fantasma del fraude y el miedo a la violencia monopolizaran la conversación. Era como si la mayoría estuviera allí porque se tomaba en serio una responsabilidad. Hay que votar. Había que estar allí.
Escuché a mucha gente conversar sobre lo que hay que hacer el 3D:
Ir a votar temprano
Llamar a los indecisos, a los abstencionistas, a los ni-ni
No dejar abandonados a los testigos de mesa
Volver a los centros a la hora de la auditoria
No celebrar hasta que se conozcan los resultados oficiales
¿Será que estamos madurando?
Un detalle que me impresionó: para el cierre, finalizado el discurso del candidato, llamaron a la tarima a Soledad Bravo. Llegó a cantar una canción con la cual han arrullado “a todos los niños venezolanos” (no sé si a mí me arrullaron con esa canción, me consta que a mi hijo sí, se la cantaba su abuela). Soledad cantó el Gloria al Bravo Pueblo. La gente cantó con ella. Yo también cantaba. Pero, cantábamos bajito. Nadie a mí alrededor se desgañitaba, como suele ocurrir en los actos de masas. Yo podía oír en primer plano la voz de Soledad Bravo, las voces de los demás eran un coro de fondo. Cantamos serenamente, sin histrionismo.
Después quedaron las gaitas y yo bajé hacia El Rosal. Me detuve, junto con un grupo, a la sombra del corredor de entrada de una de esas cervecerías hípicas de la zona, que estaba cerrada. Enfrente estaba una camionetica de Primero Justicia. Mientras me refrescaba, oí el reggeaton de A3vete. La gente que bajaba de la autopista estaba contenta. Allí oí, por primera vez, el Clásico Presidente de la República, del cual ya había escuchado hablar.
Casi dos horas después, entré en el Metro. La estación Chacaito reventaba. En el andén dirección Propatria, más gente, gritando más fuerte, las mismas consignas que escuché en la mañana: “Somos del oeste y no somos chavistas”. “No somos 10 millones somos 26”. “Uh, ah, Chávez sí se va”. Al menos entre cuatro y cinco de la tarde no hubo que validar los boletos de Metro para entrar en la estación de Chacaíto. En la estación de salida había que comprar un boleto con la tarifa máxima.
[No tomé fotos en la concentración, sobrarán. Tomé algunas fotos en el Metro, pero son muy malas (oscuras, fuera de foco, movidas, etc). Van dos de muestra.]
Chacaito

Zona Rental

Esta noche también hay fuegos artificiales en el suroeste de Caracas.
Elecciones Presidenciales Venezuela 2006, Manuel Rosales, Elecciones3D, A3vt